12 de diciembre 2020

Migrante

Por Federico Soares Gache

Corre el tiempo en el que las nubes hechas de frío, como fieles guardianas del cielo, envuelven al planeta en su constante metamorfosis. La Tierra es un páramo en el que la formidable tundra se extiende hacia todos los infinitos posibles y la naturaleza, congelada, aguarda la resurrección de una primavera asesinada en una época antigua.

Por los vestigios sobrevivientes de la última civilización, puedo comprobar el crimen ya que, cada tanto, encuentro mamotretos metálicos imposibles de catalogar, que surgen desde abajo del hielo como montículos incomprensibles fuera de toda correspondencia con el paisaje. Quizás, por ello siento atracción por esas cosas y deseo toparme en mi camino con alguna de ellas para quedarme largo rato observándolas, buscándoles algún sentido. Sé que hubo otra vida en algún tiempo pasado, por lo tanto también intuyo que no está todo dicho, que el tiempo se mueve hacia todas direcciones transformando todo a su paso, erosionando,

hundiendo,

desenterrando.

La eternidad no es un acto preestablecido que se estira en el tiempo, sino que se construye y se consume en cada paso, segundo a segundo.

El viento se mueve a su antojo, sin obstáculos y el sol, cuando se lo puede ver, es una estrella lejana cuyo poder titila en el fondo del Universo. Yo vago constantemente desde que tengo memoria porque es lo único que se me ocurre hacer: moverme. Jamás he encontrado alguna huella semejante a la mía, ni siquiera sé quién soy; tan solo me siento parte del viento, parte de cada día, como si yo fuera el destino de un frío extremo que sin resquicio curtió mi piel hasta transformarla en cuero animal; y pienso nube, pienso noche y estrellas, todo y nada. Mas tampoco sé que eso que pienso es pensar. Alguna que otra vez observo en el reflejo del hielo la imagen de un ser extraño, pero no logro sacar conclusión alguna, no me doy cuenta de que soy ese rostro, esas manos, no me doy cuenta de que soy yo quien se asoma hacia sí mismo.

Todo esto lo cuento hoy pero fue ayer.

Descubrí, por azar, en un momento cualquiera, que pensaba. Sucedió cuando me di cuenta de que escuchaba algo más que el aullido del viento arremolinando la nieve, fue algo que resonó dentro de mí y se propagó en medio del silencio bajo los brillos del cielo que latían en el profundo misterio de la madrugada, y se desparramó por la blancura de la alfombra omnipresente bajo mis pies, por la luz y la oscuridad del tiempo que transcurría irremediablemente. Me di cuenta de que yo era una partícula del mundo, que estaba vinculada a todo aquello que mi mente fuera capaz de alcanzar. Fue en ese momento en que presté atención al aliento que se esfumaba por mí boca, al recuerdo de la imagen grabada sobre los inmensos espejos de esta tierra gélida, a las huellas testigos de mis pasos; vi que las estrellas eran innumerables, que las nubes se fundían unas con otras y volaban juntas y tuve la certeza de que el día no sobreviviría sin la noche y de que ambos parían al alba y al crepúsculo.

 

Finalmente, me vi, vi mi piel, me vi desnudo y, por primera vez, pensé en la soledad. Fue justo allí, en ese preciso instante en que comencé a extrañarte.

Migrante

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