marzo 2021

La fiesta

Por Victoria Giunta

Es difícil caminar con los tacos por el adoquín.

Más difícil es saber que en segundos tengo que lidiar con parientes que apenas reconozco, preguntándome porqué estoy gorda si no tuve hijos, y porqué voy sola si me case hace tres años. Claro, los invité al casamiento, no al divorcio. Para el divorcio no queda plata para festejar, sino sería un evento genial.  

Subo las escalinatas hacia el salón.

Es antinatural tratar de respirar dentro de un corsé.

Más antinatural es caminar hacia donde no querés.

Sí, estoy en la lista. Sí soy yo sola. Mesa cuatro, ¿Por allá? gracias.

Me abren la puerta y entro.

Telas violetas adornan el lugar, extrañamente no reconozco a nadie —por suerte—.

Mesa cuatro… mesa cuatro…

Se siente algo dulce en el ambiente, entre el bullicio y la gente no encuentro la mesa, pero lejos de sentirme incómoda hay algo distinto en el lugar.

Mesa cuatro ahí está.

Me acerco de a poco. Las personas que están sentadas me suenan, pero no puede ser que sean ellas…

Quedo cara a cara frente a la abuela Lola. ¡Qué bien!, la abuela Lola es la única persona coherente de la familia. Ella me sonríe con ternura y extiende sus brazos. Me acerco y me rodea con fuerza. Entonces es cuando me llega la duda: ¿la abuela Lola no había fallecido hace años? Me despego. Estoy segura de que todavía no tomé nada. Miro hacia mi alrededor buscando algún otro testigo de mi visión, pero las demás personas de la mesa parecen seguir charlando sin darle al evento ninguna importancia. Mi abuela me da una palmada y me dice que me vaya con los chicos de mi edad; ¿qué? No entiendo nada.  

Me señala con un ademán de la cabeza otra mesa de más allá y se dispone a hablar con otra mujer sin dejarme con mucha más opciones.

 

Camino esquivando mozos, hombres de esmoquin y mujeres elegantes. Los tacos ya no me molestan, el corsé tampoco. Paso sin darme cuenta frente a un espejo y algo llama mi atención. Acerco el rostro al cristal. Mi piel es tersa y rosada, mi vestido a la cintura acampanado. ¿Tendré quince o dieciséis?

Alguien toma de mi mano y me da una vuelta. No puedo evitar ruborizarme mientras un chico me lleva a la pista. Me transpiran las manos, cada dos por tres le piso los pies, me pongo nerviosa y no puedo seguirlo.

No llega a terminar el vals que me acompaña hasta mi silla. Mis hermanas mayores cuchichean entre sí y, al verme, se callan. Me dicen que esta no es la mesa para niños, que me vaya con los primos por allá. Mis piernas cortitas dan un saltito hasta llegar al suelo. Ya desde el piso, mi cabeza apenas alcanza la altura de la mesa.

Camino entre la gente, pero no distingo más que piernas, pantalones, polleras. ¿Qué color de vestido traía mamá?

Un mozo me ve haciendo puchero y me alza en sus brazos. Me pregunta por mi mesa y solo le digo el único número que me acuerdo: cuatro.

Mamá me recibe, junta dos sillas y me acuesta ahí. Ahora me tapa con su chal y me promete que me despertará para el postre.

Las fiestas de gente grande son lo peor, seguro que cuando crezca no me va a gustar venir.

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