febrero 2021

El encuentro

Por Florencia Beláustegui

   — Florencia, terminaste de faginar los cubiertos —que quiso ser una pregunta, pero salió como orden que la despabiló de sus ensoñaciones y la llevó de vuelta a la realidad: a ella faginando ochocientos cubiertos —. Cuando termines con eso andá a preparar las mesas. Esta noche vos te vas a ocupar de las número: veinte, veintitrés, veinticinco y treinta. 

 

Asintió con las cabezas e inmediatamente hizo el cálculo mental: cuatro mesas con diez lugares; cuarenta personas comiendo, queriendo todo al mismo tiempo. Aunque, eran los últimos números, las mesas de los «conocidos»: familiares de segunda línea, compañeros de laburo  y amigos dispares de la vida, queridos, pero que nada tenían que ver con la actualidad del momento. Eso era un plus porque significaba una noche tranquila, nada esperarían de ella más que buena onda. Sabían que serían los últimos en recibir el plato de comida y que, cuando el resto de los comensales estuvieran bailando, ellos estarían aún esperando las dos bochas de helado (ya algo derretidas). En fin, iba a ser una noche fácil, no podía quejarse. Igual, no se quejaba, ese era un buen segundo trabajo cuya única finalidad era juntar unos pesos para ahorrar. Entonces, sí cumplir su sueño: viajar escribiendo. Ya estaba a medio pasaje de España (y eso que solo estaba comprando el de ida), ¡puerta de entrada a Europa y al mundo! Tengo veintitrés años —decía— y toda mi vida por delante. Sus viejos no la entendían… «¿qué voy a ser yo de médica? No puedo quedarme encerrada estudiando durante tanto tiempo… me muero antes…». Y el viejo con esas metáforas trogloditas de: «vos tenés que ser como el elefante que no levanta un pie sin tener los otros tres firmes en la tierra» ¡Pero ella solo quería volar! Ya va a llegar —se daba ánimos—. Por el momento, apurate a preparar las mesas, a esta hora estarán saludando en el atrio y los más ansiosos están por llegar en pocos unos minutos.

 

«No tendría que haber venido sola… pero ¿a quién le iba a pedir que me acompañara? No tengo ganas de blanquear la separación… Si ni siquiera sé si nos separamos. Lo soltó así… de prepo anoche…, “ya no te quiero. No quiero mentir más”. Y el mundo se calló… Estoy como anestesiada.  Sé que, eventualmente, va a llegar hasta mí lo sucedido. Los baldazos de agua fría siempre los vivo así… cayendo dos o tres meses más tarde. Baldazos buenos y malos… da lo mismo. Soy lenta… Tendría que haberme quedado en España… ¿qué hago ahora? Por el momento, estás acá, sola, desconcertada… y temprano. ¡La puta!… no quería llegar tan temprano, no hay nadie… ¿qué hago? Ya no puedo salir y volver a entrar… Ma´… sí… ¿Con qué arranco? ¿vino o cerveza? ¿Caipiriña o champagne? Es un tema, no es bueno mezclar, sino mañana la voy a pasar mal… ¿cómo hacía antes? Claro… la juventud… ¡qué horror ese pensamiento! ¡Estoy haciendo comentarios de vieja!… pero si todavía me siento una pendeja… de cuarenta y ocho… atravesando mi segunda separación…»

 

   — Buenas noches, ¿su nombre?

   — Zoqui. Florencia Zoqui.

   — Za… Za..., Ze…Ze…, Ze…, Zii…

   — Estoy al final, ni te gastes… Z-O, soy la última de todas las listas, siempre.

   — Ay! Sí, acá estás. Zoqui por dos. Mesa treinta. 

   — Gracias. ¿El guardarropa?

   — A la vuelta

   — Y para fumar… ¿hay un afuera?

   — Sí, pasando la recepción, sobre el final está el gazebo que tiene una puerta que da al jardín del club.

No lo dudó, atravesó el salón flameando el vestido de satén rojo con paso seguro, amplio, como si tuviera las piernas de Valeria Mazza. Era consciente del tajo que ostentaba, aunque ahora lo sentía un poco mucho… «Menos mal que le di ese par de puntadas dos dedos por debajo de la indecencia (como decía mamá)». Levantó una copa al vuelo de la bandeja de uno de los mozos y salió al gazebo y entró al jardín. Sacó el ansiado cigarrillo, inhaló el dulce humo y mojó los labios en el vino. Placer absoluto. «La vida solo es esto: saber disfrutar de sus placeres».

 

La fiesta avanzaba tal cual se había planeado hasta el último detalle. Luego de la recepción, de las fotos de los novios; de los novios con la familia de ella; de los novios con la familia de él; de los novios con los amigos de él y con los amigos de ella, la gente fue pasando a las mesas que iban llenándose al ritmo de las copas de vino. La treinta, alejada del foco principal y cercana a los baños, estaba escondida en la penumbra. «Zoqui» decían dos carteles ocupando dos lugares.

«Acá. Bueno… también llegué temprano a la mesa. Mejor. Me acomodo mirando a la pantalla, así me concentro en el video de la feliz pareja y no tengo que pensar en la mía…»

 

   — Florencia, en la puerta está la tía abuela. ¿Podés buscarla y llevarla a su mesa?

   — Por supuesto… ¿en cuál la siento?

   — En la treinta… es una de las tuyas.

Florencia la vio sentada en la silla de ruedas, una anciana como las de cuento de hadas, de piel blanca y fina, cara arrugada como el alma buena y  la vista perdida, esperando… cualquiera diría que a la muerte. Sin embargo, una media sonrisa decía otra cosa.

 

   — Buenas noches, señora —la mirada de la anciana se le iluminó —. Mi nombre es Florencia, voy a llevarla hasta la mesa.

En el trayecto, la anciana fue saludada por cuanta persona se le cruzó. A todos respondió con mucho cariño; frenaron el rodado para besarla, abrazarla y los más jóvenes, para echarle un piropo bastante desubicado. Ella respondía con sincera alegría, prometiendo bailes a diestra y siniestra. Cuando por fin salieron del tumulto de gente, la viejita se dio vuelta y apoyando la fragilidad de su mano sobre la de la joven de piel tersa, con complicidad confesó:

   — No tengo ni idea quiénes son todas esas personas.

 

Florencia no pudo más que soltar una carcajada. Había algo en aquella mujer que la cautivaba… La anciana, por otro lado, sabía perfectamente quién era Florencia y no se sorprendió al ver a la otra, sola, ya sentada a la mesa jugueteando con la pantalla del celular. Allí estaban, por fin, la tres… como se lo habían vaticinado… «yo soy ellas» repetía cual mantra. Tantas cosas por decirles… hacerles saber que todo, al final, salía bien. Pero no podía… no debía…

La silla de ruedas llegó hasta el borde de la mesa al tiempo que Florencia levantaba la mirada del celular, miró a la joven, le resultó extraña pero familiar… un no sé qué; miró a la anciana que clavaba su propia mirada en los suyos.

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