29 de julio 2020

Analízame

Por Carolina Alemán

Llevaba seis meses conviviendo con una ansiedad descomunal. Bloqueado para preparar las clases de Derecho de Familia y para terminar la novela policial comprometida con la editorial. Además, había reducido las salidas a lo estrictamente necesario. Lunes y miércoles debía concurrir a la facultad de derecho, pero el dictado de mi materia se la había cedido, de manera provisoria, a la ayudante cátedra; los martes solía realizar las compras semanales y ahora lo solucionaba por Internet; suspendí el control de la presión en la farmacia de la Av. Quintana. Compré un tensiómetro por mercado libre.

Decidí declinar mi costumbre de tomar un aperitivo los sábados en La Biela y los domingos ya no desayunaba en el Café de la Paix. Fuera de esta rutina de supervivencia, me escapaba al quiosco a comprar cigarrillos y algún licor importado con más frecuencia de la que deseaba. También había interrumpido mis caminatas diarias por Plaza Francia por miedo a encontrarme con sus ojos, a cruzarme con su par de piernas interminables y a embriagarme con su aliento cálido.

Ella era la culpable de mi encierro y de la dispersión para concretar cualquier desafío intelectual. Amparo Soler, la famosa perito psicólogo de mis novelas, se metía de noche en mis sueños y por la mañana me despertaba afiebrado y vacío. Yo había creado este ente de ficción que ahora estaba tomando una fuerza inimaginable. La había dotada de una personalidad seductora y tirana, de una inteligencia mordaz; toda ella una mujer cautivante que tenía sometidos a los abusadores, fiscales, jueces y a todo aquel personaje secundario o antagónico que se le cruzara en su camino.

Todas mis narraciones la tenían como protagonista principal. Amparo Soler tenía la capacidad de indagar en lo profundo de las mentes de los psicópatas disfrazados de padres de familia y dejar al descubierto sus trastornos de personalidad detrás de una cámara Gesell o en una entrevista individual. Sus meticulosas notas, su diagnóstico exacto y sus exposiciones polémicas en los juzgados de familia les conferían a mis novelas policiales una trama atrapante y de un realismo intenso. Su belleza diabólica había cautivado a guionistas prestigiosos que deseaban ponerle cuerpo a la licenciada Amparo Soler.

Mientras todo el mundo soñaba con conocerla y materializarla, yo solo quería alejarme de su presencia, borrar las notas que hablaban de ella, darle fin a su personaje. Hablé de esta penosa situación con un colega de la facultad quien me recomendó consultar con un profesional que trabajaba en los consultorios Guido, a pocas cuadras de mi piso. No me entusiasmé de entrada con esta propuesta, pero el hecho de recorrer solo dos cuadras para concretar la entrevista me dio fuerzas para llamar. Una secretaria con tonada caribeña tomó mis datos y me agendó para el día siguiente por la mañana. Me advirtió, quizás adivinando el escepticismo en mi voz, que tomara ese turno porque estaban por cerrar los consultorios debido a una reparación inminente.

Esa noche bebí más de la cuenta y me fui a dormir algo mareado. Soñé con la mirada de mi padre, de lejos, oscura y desafiante. Recordé la textura de mi almohada infantil: húmeda, áspera y arrugada. La voz quebrada de mi madre, golpes frenéticos en la puerta, pisadas, el agua corriendo por la puerta del baño…

 

Desperté sobresaltado y aturdido por el sonido de una sirena policial. Eran las diez, no tenía tiempo de bañarme así que me vestí y salí a la calle. De camino a los consultorios, encendí un cigarrillo y acomodé la camisa dentro del pantalón. El edificio era antiguo, pero bien cuidado, con rejas negras, piso de mármol, un amplio palier iluminado con una araña de grandes dimensiones. El portero, vestido con traje, me dejó pasar y me indicó que los consultorios quedaban en el último piso. Opté por subir las escaleras ya que el ascensor enrejado con piso de parquet me generó desconfianza. Cuando llegué al séptimo piso, una morena de caderas abundantes y escote desmesurado me interceptó:

         

        — Usted debe ser el doctor Larralde, ¿verdad?

Respondí asintiendo con la cabeza, mi garganta estaba cerrada.

        — El licenciado Cáceres se encuentra indispuesto, por lo tanto, la licenciada en el consultorio B lo va a atender. Tome asiento que ya lo anuncio.

La puerta del consultorio B se abrió un par de minutos después y dejó escapar un perfume que me atontó. Permanecí atornillado al sillón de cuero marrón hasta que una voz firme pero aterciopelada me instó a entrar. Titubeé unos segundos y avancé con paso lento, como colgado de un andamio. Apoyada contra el escritorio de roble, con las piernas cruzadas, el brazo izquierdo en la cadera y la mano derecha tocando sus labios, Amparo Soler me esperaba.

       

        — Doctor Lisandro Larralde, ¡qué gusto conocerlo en persona! Un placer tenerlo en mi consultorio privado —con un gesto exagerado invitó a sentarme en el diván chaise de cuero claro —. Creo que nos debemos una charla, ¿no le parece, Doctor?

 

Yo acataba todas sus órdenes sin poder hablar. Mi mente estaba paralizada, en suspenso.

 

        — Podemos tutearnos ¿no? A esta altura del relato ya somos colegas o amigos quizás. Y por eso puedo entender que te trae por acá, querido Lisandro. Conozco esa angustia que sentís, que te cierra la garganta y que te entumece el cuerpo. Sé de tus pesadillas y de tus conflictos mentales. Y también estoy al tanto de tu deseo de borrarme del mapa…, querido Lisandro.

Una gota de transpiración corrió por mi espalda. Levanté la mano con la intención de detener su discurso, pero ella prosiguió con su análisis macabro.

     — Lisandro, por favor, no niegues ni justifiques lo inevitable. Viniste a mí para buscar ayuda, alguna explicación y yo deseo hacerlo —se acomodó el cabello cobrizo detrás del oído, se descruzó de piernas y con movimientos estudiados, se sentó al lado mío. Pude sentir su aliento cálido y sus ojos verdes, me produjeron un escalofrío —. ¿Por qué me tenés miedo, Lisandro? Soy tu creatura preferida, con la que soñás todas las noches. Sabes que nunca te haría daño. Tu historia es la que te hiere, tus mecanismos de defensa contra tus penurias son los que te tienen en alerta. ¿Acaso el objetivo de estudiar derecho no fue una manera de vengarte de tu padre? ¿De intentar redimir a tu pobre madre? Y como no pudiste lidiar contra el corrupto sistema judicial, me creaste a mí: perito psicóloga, para poder concluir con tu tarea.

Tomó mi mano derecha transpirada, con sus dos manos se la llevo a sus labios y la besó con suavidad.

    — Lisandro, amor, no sos el culpable del suicidio de tu madre. Ella no tuvo la fortaleza que vos tenés. Ella decidió escapar de su desgraciada vida, sin darse cuenta de que te dejaba en la más profunda orfandad. Sin embargo, yo creo que esa situación te fortaleció. Pero reprimió infinidad de sentimientos que ya no podés ocultar más. Podrías haber sido un psicópata como tu padre, pero optaste por ser su antagonista… en la superficie… dentro tuyo puedo intuir deseos escabrosos. Lo hiciste bien, Lisandro. Pero hoy te doy el permiso de sacar tus demonios afuera.

En ese instante, sentí un fuego salir de mis entrañas. Tomé la lapicera dorada que llevaba enganchada en la blusa y se la clavé en la garganta. Pude sentir como el torrente sanguíneo de Amparo se detuvo y cuando retiré la pluma, un mar morado salió como la lava de un volcán.

Sonó la alarma y me desperté sobresaltado. Di un manotazo al celular que cayó al piso junto con una botella que se estrello contra la alfombra. Tanteé el piso, para recuperar mi móvil y me corté con un vidrio. Levanté la mano y vi como la sangre corría por el brazo cual un río de lava.

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